CERRANDO LA TRILOGÍA: "RECORDÉ CUÁNTO TE GUSTA".

Tal y como pensé cuando comencé a publicar éste mi primer blog, cierro esta trilogía con el blog "RECORDÉ CUÁNTO TE GUSTA".
Como mencionaba hace ya más de dos años en la columna derecha de este blog, que aún podéis ver, el título era el primer verso de la primera poesía escrita a mi mujer. El año pasado tomé el segundo verso para "ME ACORDÉ DE TI", terminando ahora con "Recordé cuánto te gusta", el tercero.
Espero que os guste esta tercera entrega.

NUEVO AÑO, NUEVO BLOG.

En mi segundo año editando mis poesías a través de este medio, he decidido poner punto y aparte, comenzando un blog de tal forma que ambos estén enlazados.

En mi nuevo blog intento recordar a las personas y personajes que de una u otra forma han estado en esta parte de mi vida ya recorrida. Por eso he seguido utilizando los mismos versos para titularlo: "Contemplando el claro azul ME ACORDÉ DE TI..."

Aquí tenéis el enlace y espero que os aporte sentimientos. Espero que eso no signifique que dejéis de visitar éste. Para ello he enlazado el nuevo con esta dirección. Blogroll o algo así lo han llamado.

LABERINTOS DE PAISAJES Y SENSACIONES



Inmovilidad casi plena
con el suave rizo de la andaluza.

Sólo mi movimiento,
que ya acabó,
empuja a un infante gorrión desplumado,
que con torpe tino y finas suelas,
se frena hasta quedar quieto.

Perfilada quietud
en verticales filas de troncos
sin hojas.

Balcones apagados
en los que falta
la correndilla del pequeño,
con sus inocentes risas
y sus apagadas cabezas.

Como en los ritos repetidos,
las horas asoman
sus cortas puntas afiladas
y redimen pocos racimos
de entre la madera.

Fría claridad de un día mortal,
pues al nacer
conocía su final
entre la oscuridad de la noche
que absorbe
el fuerte sol de la tierra.

Con el entusiasmo del superviviente,
descanso al momento íntimo
de escapar a mi refugio.

Fragilidad escondida
en una fuerte y exuberante fortaleza,
sólo mermada
en los últimos claros del tiempo.

Perseguido por alguien cercano
y conocido,
sensible a las opiniones
y al gesto
que no adivino,
funesto en mi alma,
casi indispuesto.

Frente a mí
estirpes voladoras
en busca de sustento.
Pequeños puntos negros
que parecen desplegar
sus negras alas del cuerpo
para después esconderlo.

Frente a mí
balcones, que siguen siendo
desconocidos,
en los que busco gente,
en los que añoro simiente.
Espacio incompleto
en rítmica armonía
de colores y cantos,
y sobre todo calor.

El cielo despeja mi rostro
para divisar la senda
dibujada bajo el sudor del sol.

Frente a mí
lo nuevo y lo antiguo,
muy unidos, conectados
por un alma que también respira;
encadenados por un puente
que cuidamos sin saberlo,
que queremos sin pensarlo.

Y en casa, al final del camino,
me invaden las sensaciones
de este medio recorrido:

de la humedad de las gotas
sobre mi pecho desnudo:
del aligerar las ramas
por el viento fuerte y duro:

del sonido de retumbos
desde el cielo negro y tuno:

del compensar de la lluvia,
mística y blanda cortina:

de un hallazgo repetido
y del familiar murmullo:

de la serena impaciencia
del cielo por ver su fruto:

de la música arrendada
para reunir un mundo:

de mis esperas medrosas
y de mi amor infantil:

de los charcos preparados
para escurrir el pernil:
de mis recuerdos en casa,
de mi madre sobre el lecho
y mi padre por decir:

de la caprichosa lluvia
y de mi especial sentir:

del cierto amor de mi vida
y del hijo por vivir.

Amanecer


Otra vez
tengo encima de mi piel
el sello de tus caricias.
Hago espuma de papel
con burbujas de tu risa.

Hoy conseguí acercarme
a la esquina de tu pecho
para alcanzar lo prohibido
fundidos en este lecho:
el roce en la piel, piel siente;
latidos del corazón
que entre tus labios
se encienden.

Nos acompañan al fondo
las notas que más nos gustan:
"Siento a través de mi piel
las pinceladas del aire,
que dibujan un boceto
en el calor de su arte.
Siento en mi piel excitada
la línea de ese dibujo
que colorean tus manos
y que mi alma ha aceptado.
Siento en mi piel el contacto
de tus dedos inspirados,
que derraman gota a gota
el color del alma al aire."

Cuanto más lejos viajan los acordes,
más oscuro es el abrazo
que quiere sujetar
lo que ya es fuerte:
el roce en la piel, más quiere;
llamada del corazón
que la sangre no detiene.

Claro lazo entre los dos
que amarrado, crecer quiere.
Tapo y abro a la vez
el espacio de tu calma.
De nuevo me dejo hacer
excitantes alianzas;
te dejo ser mensajera
de suspiros de marea,
del balanceo de una rama;
me dejo... y te dejo ser
la dueña de mi mirada,
la guía de mi pasión
en el renacer del alba.

Camino de regreso


Prólogo.

Frente al espejo acariciado por olas cristalinas,

las huellas de mil pisadas

dejaban paso a otras huellas que el agua pisoteaba.

Fresca brisa del aire que al pasar balancea su pelo sobre el mar.

Fresca arena en la playa que al caer humedece mi cuerpo sin querer.

Tintineo de palabras, que al oscurecer,

adivino entre sonrisas que son de los tres.

A la vuelta, detalles.

Sobre los hilos del agua brillan luces de la tierra.

Reflejos que son instantes, las puntas afiladas de cada segundo

que pasan ante mis ojos como rayos de luz cautivos.

Sobre rizos de la tierra caminan brillos de agua,

y en sus destellos revelo las claves de mis palabras.

Detalle número uno.

A través de estos dulces cristales descubro el seco sabor de un cauce.

Pasan y pasan las casas; se alejan.

La edad roída en la piedra, levanta un triste amargor de arena.

Fondo de casas dormidas en pleno sol.

Quienes tras los cristales miran, reflejos y sombras son.

Tras fondos de casas dormidas,

viven cautivos afanes incontenidos de calcinado sabor,

sienten intensos deseos dormidos de esperar una razón.

Miro de nuevo estos dulces cristales que me enseñan,

transparentes, el sabor seco, apagado,

de mermados y lejanos caudales.

Detalle número dos.

Los rectos surcos marcados bajo alineados árboles,

asoman entre las hojas, que caídas,

ocultan unas a otras su obligada desnudez.

Angustias azucaradas; amanecer del otoño

entre campos luminosos; imprevisto mar de vientos.

Eternos surcos, marcados bajo espigados troncos

que mueren, alineados, una vez más.

Viejos surcos renovados, que asoman entre las hojas caídas,

que ocultan dulces gotas rescatadas

de este brusco atardecer ruidoso.

Junto a las hojas, las piedras y el cariñoso fluir del agua.

Gris silencio de amilanados bustos, que me escoltan

por el húmedo sendero marcado hacia una línea que no acabo.

Brillantina


Una suave brillantina
de tez dorada
y frescor
anochece ante la luna
surcando mi fuerte ardor.

La móvil ondulación
de las aguas,
sin color,
se lanza sobre su brillo
y mueve el filo a un farol.

Dinámica sensación de rosados
bajo el negro,
que apuntan su fino arpón
al dolor de mis recuerdos.

Dinámica sensación
entre simples elementos:
el agua, la luz, el viento...
y este cercano regalo
del sol
cuando cede entre sus brincos
lo mejor de su cabello
para a la luna dar vuelo.

Diez rincones lejanos


I. En las murallas.
Encima de una roca encontré las huellas.
Una sobre otra, piedra con piedra,
amalgama de silencios sobre la hierba.

En las puntas de sus filos hallé una lanza,
que retiene prisioneros aquellos perdidos vuelos
de milenarias palabras.

Rescaté, en la oscuridad de sus cantos,
miles de alas perdidas:
cárceles desterradas de mil calladas huídas.

II. La Seo.

La torre, que se eleva entre las casas,
ganó demasiada agua para sí,
y cautivó en su punta, que asoma sobre caudales,
mi poético pensar.

III. Por el casco antiguo.

Pasos de calles mermadas, de estrecha acera,
grandes piedras, faros viejos y luz violenta
que el viento recio golpea.
Silencio de olor a velas,
entre suspiros y penas,
entre sollozos y quejas.

IV. Plaza de San Felipe.

Coseché la paz del silencio de unos bancos anticuados,
encorvados de enfrentar un tranquilo soliloquio
y una bella dignidad.

Bajo las ramas del frágil sonido,
que concentra en un verde desear la aceptada soledad,
rebusco en mis pensamientos la sombra de su cobijo
y la luz de su claridad.

V. Calle de Goya.

Estrecha curiosidad de líneas desdibujadas
y rejas ennegrecidas.
Estrecha solicitud de piedras ya desgastadas,
que caen como silencios
sobre las casas dolidas,
sobre paredes retadas,
sobre fachadas roídas.

VI. Calle Alfonso I.

El negro desplazar de las nubes,
ahuecado por blancos caprichosos,
dejaba atrás la altura de la calle,
de la que parecía nacer
un delicado mecanismo de reloj,
que ante el tiempo de la vida
marca y recoge una voz.

VII. El Coso.

El raso ondulado de las tejas se dejó atrapar por el claro,
vociferó entre aluminio y sólo consiguió
desgastar su vallado comenzar.
Claridad serena. Media mañana.
En tu penumbra se confunde,
adherido a su superficie endeble,
un manto duro y firme de esperanza.

VIII. Hacia el Pilar.

Cortos plazos de plazuelas, de pasos hacia la espera.
Cortos plazos de plazuelas, de laberintos sin cena
y de olores que recuerdas.

Cortos plazos de plazuelas, de bulla velando el agua,
de fuente, celeste, de luz, de chorro y piedra.

Cortos plazos de plazuelas, de bulla pisando el agua,
de fuente y niños cascada.

IX. En el Pilar.

Musiqueo de melodías, contoneo de campanas,
conductor entre veletas de lúcidos tintineos.

Agitados aleteos, agujas casi paradas,
lanzador entre cadencias de luces color espera.

X. Puente de Santiago.

Sobre el agua turbia y pesada dejé mis huellas gastadas.
Sobre el Ebro, dejé mi frente y mis culpas,
mi equipaje y las arrugas.

"Las ramas del tronco".

Ella es
la hoja amarilla que dibujó mi camino.
La suave mirada escrita en los ojos del destino.
Caricias de pelo desguarnecido que alimentan nuestro espacio,
mientras se llenan los huecos que del ayer me quedaron.
Ella y él son el hilo. Ella, desenfrenado apetito de sentimiento
y pasión.
Él, fino, frágil, mío. Diminuto y siempre al filo; desencajado cobijo
de deseos y razón.
Los tres, la armonía de una línea que se alarga cada amanecer.
Entre tres,
realidades atrapadas de la raíz a los pies.
Y al final
de cada día
mil trazos
de sensaciones,
que bajo la oscuridad,
en el calor de las mantas,
siguen la vía de un cielo
que aún está por conquistar.

"Mitología"


El sol aparecía entre los visillos de polvo
que anunciaban la dejadez.
La madera formaba paredes inconsistentes,
libres como su espera.
Seguía reclamando el momento marcado para recibir,
entre una familiar incertidumbre,
la gracia sobrenatural sobre la luz de su rostro.

Afuera, la sábana, toda blanca, lucía su esplendor natural.
Tal vacío la invadía que llegaba a molestar
su brillo inhumano.
Entre reflejos irregulares y tranquila oscuridad
transcurrió la noche.
Todo quedaba oculto salvo su brillante expresión,
significante de la esperada contemplación
de su diosa, símbolo de su valor y entrega.

Cuando los rayos timidos del nuevo sol
volvieron a acariciar la hierba que descansaba a sus pies,
su impaciencia comenzó a hacerse visible.
Pasaron sobre la tapizada blancura
la sombra del árbol, de la casa, del pájaro
que vigilaba a todos los habitantes del valle.

Comenzaban a empujarle las dudas
en el instante en que el cambio sobrevino.
Por un momento su sensiblidad se redujo
a estímulos interiores, limitada por un halo pegado
a su costra humana.
No le era permitido ni vivir el espacio
ni diferenciar el ritmo del tiempo.

En un imprevisto y sonoro suspiro
de aquel largo y agonizante latido,
un rayo se proyectó sobre él
para infundirle el conocimiento infinito
de un nuevo estado encontrado más allá.
Repleto de sentimientos y vivencias
se enfrentaba a él mismo por lo que había sido,
efectuaba juicios dolorosos sobre su pasada vida.
Desde su cuerpo y su mente sobrehumanos,
condenaba y perdonaba lo hecho
gracias a su nueva sabiduría,
que ponía en evidencia el desconocimiento
en el que vive el ser humano.

Allá, en el fondo de ese largo túnel de clarividencia,
escuchaba la llamada que tanto esperó.
Se acercó con decisión para contemplar
la belleza que había más allá de sus formas de mujer,
para percibir la verdad que tanto había deseado
cuando aún era un hombre.